El recolector de sonrisas

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Mi nombre no importa. Ni donde vivo, ni cuando. La característica más importante que necesitáis saber de mi es que soy un recolector de sonrisas. He visto miles de sonrisas en miles de caras. Todas únicas y especiales. Da igual que sean sonrisas desdentas, sonrisas blancas, grandes o pequeñas. No hay ninguna que sea fea.
A lo largo de los años, he recolectado tantas sonrisas que he dejado de contarlas. Sonrisas tímidas que no se atreven a salir del todo. Sonrisas fugaces que aparecen y desaparecen sin que te des cuenta. Sonrisas grandes que irradian alegría y calor como el sol. Sonrisas indecisas que no saben si aparecer o no. Sonrisas fingidas que esconden un secreto detrás de ellas. Sonrisas donde se ven los dientes y que no tienen miedo a enseñar sus sentimientos. Todas tienen su historia. Todas su belleza. Ninguna es igual que otra, pues cada persona tiene su sonrisa y su forma de enseñarle al mundo aquello que siente.
Pero de todas ellas, hay una con la que me quedo, mi preferida. Aquella que más me gusta ver. La verdadera sonrisa de una persona que se siente triste y derrotada. No hablo de esa sonrisa fingida que te pones cuando estás mal pero no quieres que nadie lo sepa. Esa no. Es aquella que aún no viendo una razón para sacarla, aparece en tu cara. Es la sonrisa más profunda, verdadera y misteriosa con la que me he encontrado. La más bonita porque aparece cómo una luz entre la oscuridad, como un faro que dice que no estás totalmente derrotado. Aún no has llegado al fondo del precipicio, aún hay un lugar donde agarrarte y dejar de caer.
Nunca me cansaré de ver esa sonrisa derrotada. Y es por eso que en el momento que deje de verla en las caras de la gente. Cuando la busque y no la encuentre, dejaré de recolectar sonrisas porque se habrá perdido la más bonita de todas, la sonrisa de la esperanza.

El caso más difícil

Sherlock se tocó los labios con ambos dedos índice. Absorto. Pensativo. Mirando las imágenes de una revista e intentado desvelar el misterio que había en ellas. El consultor entrecerró los ojos y frunció el ceño, concentrándose aún más en el artículo que tenía delante. “10 regalos perfectos para una boda”.

-Esto no tiene lógica.-dijo exasperado.-Cómo va a querer esa mujer una maquina para hacer postres si es diabética. Por no hablar del hombre, copas de vino a un alcohólico en rehabilitación.-exclamo levantándose de la silla y sentándose en la butaca.

Su búsqueda había sido infructuosa y odiaba quedarse sin ideas. Había investigado en internet, leído revistas e ido a una tienda donde una mujer bastante amargada, seguramente por el rápido ascenso de otra dependienta con más tetas y menos años, le había enseñado a regañadientes los productos estrella de las bodas de ese último año. Pero no había encontrado nada que le convenciese. Todo le había parecido demasiado banal, feo o impersonal y el regalo del pequeño de los Holmes debía ser perfecto, único y personal. Por algo era el mejor amigo y padrino del novio.

Por un momento, envidio a la señora Hudson, Molly o Lestrade con sus estúpidos y sencillos regalos. Al darse cuenta de ese pensamiento, Sherlock entornó los ojos y se levantó de la butaca, atándose la bata pues estaba en calzoncillos.

-Señora Hudson, un té por favor.-gritó a su vecina.

-Sherlock, no soy tu sirvienta.-le respondió desde su piso.

“Piensa. Piensa, Sherlock.” Se dijo mientras andaba de un lado a otro. Con pesadez, se dejo caer al sofá, cogiendo la pistola. Un disparo en la pared, y no se le ocurría nada. Otro más, y la idea que necesitaba seguía sin aparecer. La tercera bala dejó un hueco en la pared y el consultor ya solo pedía una pista para saber qué regalar a John y Mary.

-¡¿Por qué es tan difícil?!-exclamó a voz en grito.

-¿A qué vienen estos gritos, Sherlock?-preguntó la señora Hudson desde el alféizar.-¡Por dios! Qué le ha hecho a la pobre pared.-añadió dejando la bandeja con la taza del té en la mesita junto al sofá.

Sherlock la miró sin fijarse en ella, absorto en sus pensamientos.

-No me importa que tengas ojos en la nevera y vísceras en el microondas. Pero la pared es otra cosa, Sherlock. Esos agujeros no se pueden limpiar con lejía. ¿Me has oído?

No. El joven Holmes no la oía. Había dejado de escucharla desde las primeras palabras que había pronunciado. En ese momento, el consultor dedicaba toda su atención a la lista de cientos de regalos que tenía en su mente. Sistemáticamente, los desechaba por poco originales, feos o ya comprados.

-No sabe la suerte que tiene, señora Hudson.-dijo finalmente.

La mujer lo miró con cara confundida mientras sujetaba la taza de té.

-Para un invitado común es más fácil saber elegir el regalo para los novios. Un juego de tazas de té medianamente caras y ya tiene el regalo hecho.

-Pero…¿cómo…?-se interrumpió a sí misma al darse cuenta de con quien hablaba.- Para que sepas, el juego que he comprado tiene el mismo dibujo que las tazas que tenía la familia de John cuando era pequeño.-contestó Mrs. Hudson orgullosa, mientras le daba el té ya preparado.

-No está mal…para una invitada común.-finiquitó.

Sin perder la compostura, la mujer miró a Sherlock haciendo un mohín.

-Ay, Sherlock. ¡Qué vamos a hacer contigo!-finalizó la señora Hudson llevándose la bandeja a su apartamento.

Con él no había nada que hacer, eso ya lo sabía muy bien su vecina. La búsqueda infructuosa había hecho que Sherlock tuviese cada vez más ganas de fumar, así que con un gruñido de fastidio se levantó del sofá para buscar algún paquete de tabaco en uno de los muchos escondites que tenía en la casa. Miró en la chimenea, debajo de la butaca, en el libro con paginas falsas de su cuarto, busco hasta en la calavera de su amigo pero no encontró más que polvo, suciedad y una nota de John que ponía: “Lo hacemos por tu bien, Sherlock.” Malhumorado, el más joven de los Holmes arrugo la nota y cogió el paquete de parches de nicotina que había comprado hace unos meses. Dudaba que aquello le ayudará, pero en ese momento no le importaba cubrir su cuerpo de esos adhesivos redondos con tal de saciar su mono de tabaco.

Justo cuando estaba poniendo su quinto parche cerca del ombligo, el timbre de su móvil sonó desde el otro lado del cuarto. Era Lestrade. “Tengo un caso para ti”, decía el mensaje. Leer aquello alegro la cara del hastiado Sherlock, necesitaba un respiro y alejarse de todo el bullicio de la boda. Quizás eso le ayudaría a encontrar el regalo perfecto para la pareja. ” Ahora voy”, le contestó, mientras iba a su cuarto a vestirse.

En el trayecto en taxi, con el tema de la boda aún en mente, el consultor le dijo al conductor que diera un pequeño rodeo por una zona de tiendas antes de llegar a New Scotland Yard. Por desgracia, no vio nada que le siempre, Sherlock se dirigió directamente al despacho de Lestrade en el que el inspector estaba discutiendo con Anderson.

-Me da igual lo que digas. Te he dicho que no.-le decía el detective con ahínco.

-Por favor.

-Me da igual. No es mi división. Así que no, y no hay más que hablar. Hola Sherlock.-dijo al darse cuenta de que estaba allí.

Anderson se giro para fijarse en el consultor, que le obsequió con una de esas sonrisas irónicas que tanto le fastidiaban.

-Vale.-se rindió el científico forense.-Pero sigo pensando que es buena idea.-añadió mientras se marchaba.

-Últimamente está más pesado de lo normal. No sé que le pasa.-comentó Lestrade dejando un vaso de plástico para tomarse una pastilla para la acidez.-Bueno, este es el caso en el que quiero que me ayudes.-le tendió una carpeta con imágenes y documentos.-Mujer. Cincuenta y tantos años. Ha aparecido muerta en unos grandes almacenes. El cuerpo fue encontrado en un almacén por una de las dependientas esta mañana. A ver qué opinas.

Sherlock no le contestó, ya que estaba mirando las fotos del cadáver con detenimiento.

-Esto de aquí.-comentó al fin, señalando la zona del costillar derecho.

-Sí, Anderson ha dicho que la acuchillaron con una arma blanca extraña. Por cierto, ayer el almacén hizo 20 años y lo celebraron con un evento. Un cheque de 100 libras por matrimonio para las primeras 30. Eso sí, teniendo que gastárselo allí.

-Lo sé, Mrs Hudson me habló de ello.- comentó el consultor que sacando el móvil, empezó a buscar fotografías relacionadas con el almacén.

Había pasado por allí hacia relativamente poco en la búsqueda del regalo para John y Mary.

-Quizás alguien perdió el juicio por conseguir el dinero.

Pasaron unos segundos hasta que Sherlock habló.

-Ya está.-exclamó.

-No me digas que ya lo has resuelto.

-Sí. Ves los barrotes que están tan cerca la puerta. Fueron puestos hace poco a petición del dueño de la casa. Hay varias denuncias que dicen que la punta de estos es tan afilada que varios transeúntes han sufrido cortes al pasar pegados a él. Créeme si te digo que lo están.

Con un movimiento de su dedo, el consultor cambió de fotografía.

-Esta es una foto que colgó el almacén del día en cuestión. Estaban a punto de abrir. Reconoces a la mujer que está a la esquina.

-Es nuestro cadáver.-respondió sorprendido.

-Y también está este hombre, que indudablemente es su pareja. Esta otra imagen es del momento exacto de la apertura, como ves la mujer ha desaparecido.

El detective miró la pantalla, viendo que, efectivamente, ella ya no estaba allí.

-Crees que en el caos pudo caer en uno de los barrotes.

-No. Alguien la empujo, aunque dudo que lo hiciese con la intención de matarla.

Sherlock señalo a una mujer que miraba hacia atrás con el brazo extendido. Su cara expresaba sorpresa por lo que estaba viendo.

-Ella la empujó, sin saber lo que le esperaba al futuro cadáver.

-Pero no entiendo. ¿Qué ocurrió entre la apertura y el momento en el que la dependiente la encontró?

El joven de los hermanos Holmes le pasó un documento.

-Son las parejas que consiguieron el ansiado cheque. Nuestra víctima está en ella.

-Pero… ¿Cómo…?

-Su pareja. Queriendo conseguir las 100 libras, obligo a la convaleciente señora…

-Adkins.

-Obligo a la señora Adkins a seguir con el plan de conseguir el dinero y gastárselo allí. Sin atenderla, duraría unos escasos quince minutos. Así que viéndola como un estorbo, el señor Adkins la dejo en el almacén. Me imagino que incluso se alegro de hacerlo.

Greg frunció el ceño sin entender.

-Por cómo la trata en la foto recogiendo el dinero, diría que eran matrimonio infeliz. Qué raro.

-Vale, pero ¿por qué no la vio nadie?

-Oh, sí la vieron, pero la confundieron con uno de los maniquís del escaparate. La misma ropa que la mujer vestía ayer, aparece en el anuncio de la fachada.-dijo señalando a la mujer sonriente de la publicidad que aparecía en la foto de su móvil.

Lestrade le miro con la boca abierta. Había visto a Sherlock en acción muchas veces, pero aún le sorprendía la capacidad que tenía para resolver casos. Greg se levantó y le pidió a Donovan que trajese a la pareja de la señora Adkins y que identificase a la otra mujer que la empujó.

-¿Eso era todo?-preguntó Sherlock metiéndose las manos en la chaqueta.

El detective asintió.

-Últimamente, no hay muchos casos interesantes. Pero tú estarás ocupado con eso de ser el padrino de John, ¿verdad?

-Sí. Hemos estado eligiendo las flores, el papel de las invitaciones, la música, el champán y otras cosas.

-Menuda locura. Me imagino que acercándose la fecha, ya estará casi todo arreglado.

-No todo.-comentó Sherlock más para sí mismo que para el policía.

Mientras Greg le observaba, se dio cuenta de que este se fijaba en el vaso de café que había dejado. Aquella pista, hizo que el detective supiese de qué hablaba el consultor.

-¿Todavía no has conseguido el regalo para John y Mary?

-No.

-Vaya, yo pensaba que ya lo tendrías.-comentó con sorna.

Por una vez, era él quien había tomado la delantera al gran Sherlock.

-Una cafetera personalizada con los nombres de los dos no sería un buen regalo del padrino.

-Pues a mi me gusta.-expresó Lestrade, orgulloso de su regalo.-Yo me he comprado una.

-Tu estómago no dice lo mismo.-le respondió el más joven de los Holmes.

Lestrade hizo una mueca de fastidio al oír aquello. Y es que ambos se habían dado cuenta de que el estómago del policía se había acostumbrado tanto al café suave de esa maquina, que ahora el café de la oficina le provocaba acidez.

-Bueno, Craig.

-Greg.-le corrigió el detective.

-Si no hay nada para mi, me voy. Hay muchas cosas que el padrino y mejor amigo del novio tiene que hacer.-añadió Sherlock diciendo eso último con cierta petulancia.

-Me encantará ver tu regalo en la boda.-le respondió queriendo fastidiarle.

Sin mirar atrás y haciendo una mueca, Sherlock salió de New Scotland Yard sin tener un rumbo fijo. Justo cuando el consultor entraba por el metro, el móvil del consultor sonó y vibró. Un mensaje de Molly.

“¿Estás con John?”

“No. ¿Por qué?”

“No responde. Necesito que entretenga un poco más a Mary. La despedida no esta preparada aún.”

“Llama a la Señora Hudson. Iba a ir a visitarla.”

“Gracias. ¿Ya tienes el regalo?”

“No.”

“Ya verás como al final lo encuentras. ;)”

Sherlock había empezado a dudar que eso fuese cierto. Por más que lo había intentado, no encontraba nada que mereciera la pena ser regalado por él. “No regales algo con la cabeza. El regalo tiene que salir del corazón”, le dijo Molly en una de las visitas del consultor a la morgue. Eso era algo sencillo para alguien que no utilizaba el pensamiento lógico como estilo de vida. Pero a Sherlock no vivía a través del corazón, sino de la mente. Una mente que hasta hace poco pensaba que no necesitaba tener un mejor amigo, ni si quiera un amigo. Pero eso había cambiado con John. Bueno, muchas cosas habían cambiado con John, y ahora se encontraba en la situación de buscar un regalo para él y la persona a la que John más quería. Aquello era el mayor reto con el que se había encontrado nunca.

Fue entonces cuando el regalo de Sherlock apareció, personificado en una músico que tocaba con pasión su violín. Qué más personal que la única acción que el consultor siempre hacía desde la pasión. Tocar el violín era el desahogo del más joven de los hermanos Holmes, una forma de sacar sus sentimientos de su fría cabeza. Eso era lo que les iba a dar a los recién casados, sus sentimientos convertidos en acordes de música y un baile. La única forma en el que él podría decir que daba igual que todo cambiase, siempre permanecería junto a ellos.

Dándole dos billetes de 50 libras, un sonriente Sherlock se dirigió al vagón que le llevaba a su casa. Por fin, había resuelto el caso más difícil con el que se había encontrado.

El día que te conocí. Remus Lupin

Meritos a quien le corresponda.

Meritos a quien le corresponda.

Hoy toca saber la primera vez que Remus se subió al tren escarlata. No fue un momento fácil pero fue el día en el que su vida cambió por completo, para bien y para mal.

Remus Lupin

Sentado en una banqueta, Remus intentaba no mirar a sus padres mientras ellos le observaban. La tetera silbaba, los pájaros cantaban y el silencio que había entre las tres personas que estaban en la cocina hacía que el joven Lupin se sintiese cada vez más avergonzado por haber sido descubierto por sus padres.

-Responde a tu madre Remus. ¿A dónde ibas?

Pero el chico no contestó a su padre. ¿Qué iba a decir que no supiesen ya? Era obvio que él no quería ir a Hogwarts y que había decidido escapar el día que tendría que coger el expreso.

-Dime.-habló otra vez el señor Lupin con mayor fuerza.-¿Qué ibas a hacer después de irte? ¿Dónde te ibas a quedar? ¿Cómo ibas a sobrevivir sin dinero?

Remus abrió la boca para hablar, pero ningún sonido salió de ella. Su padre tenía razón, había pensado en la idea de escaparse, pero poco sabía sobre cómo sobrevivir fuera de casa.

-Eso creía yo. Hemos hablado muchas veces sobre esto y hasta has recibido una carta del mismísimo director diciéndote que estés tranquilo y que le encantará verte este año. Por eso, no entiendo que hagas esto ahora. Remus, no sabes la suerte que tienes de poder asistir a Hogwarts.

Pero para él no era suerte, sino un miedo más que apuntar a una lista ya de por si extensa. Desde que había recibido la carta de aceptación no había pasado ni una noche en la que el joven Lupin no tuviese pesadillas. Él no quería estar en otro lugar que no fuera su hogar, en su bosque. Aquellos sitios que para él eran seguros. Que también mantenían a salvo a los demás.

-¿Sabes? Me da igual cualquier explicación que nos quieras dar a tu madre y a mi. Quiero que subas a tu cuarto y hagas la maleta para irte a Hogwarts hoy mismo. Y no voy a aceptar ninguna queja.

Remus intentó hablar con su padre, pero no quería escuchar. Al final, el joven mago se dio por vencido y subió a su cuarto, mientras su padre se dirigía a terminar uno de sus calderos y su madre quitaba la tetera del fuego.

Como ya tenía la ropa preparada para el viaje, Remus solo tenía que meter en otra maleta las cosas que necesitaría para Hogwarts. Con parsimonia, fue buscando, recogiendo y metiendo las cosas, intentado no pensar en el nudo que sentía en el estomago.

“¿Por qué no me entienden?”, pensó el joven Lupin. Era evidente que sus padres sabían lo de su miedo, por lo que no entendía porque no le daban la razón en todo aquello. Era mejor ahorrarse el sufrimiento de saber que seguramente algo malo iba a pasar tarde o temprano. Remus era feliz estando en su casa con sus padres. No necesitaba irse de allí o por lo menos, eso creía él.

Justo cuando estaba recogiendo los últimos libros, alguien tocó la puerta.

-¿Puedo pasar?-preguntó dulcemente Adele Lupin.

Remus asintió y su madre entró en la habitación sentándose en la cama ya hecha de su hijo. Dando unas palmaditas al colchón, Adele le señaló un lugar para sentarse a su lado.

-Remus.-le dijo.-Sabes que tu padre y yo te queremos y solo deseamos lo mejor para ti, ¿verdad?

El joven Lupin asintió. Su madre le sonrió con aquella sonrisa que daba tanta seguridad a su hijo. Despreocupada, cariñosa y segura, ese gesto nunca desaparecía del rostro de la señora Lupin. Daba igual que su hijo fuese un temible licántropo, que viviera en una destartalada cabaña y que no tuviese una vida llena de lujos como Henry Lupin le habría querido dar a ella y a su familia, esa sonrisa siempre permanecía en su cara. Por un momento, el nudo que Remus sentía se aflojó un poco.

-¿Papa está enfadado conmigo?-preguntó el joven Lupin, temeroso de que la respuesta fuese sí.

-No, simplemente no quiere que te pierdas la ocasión de ir a Hogwarts. ¿Sabes? Él estuvo a punto de no ir.

Aquello sorprendió a Remus. Su padre hablaba mucho de su experiencia en el Colegio de Magia y Hechicería, pero nunca le había contado eso.

-Sí. Resulta que tu abuelo quería que tu padre se quedase en casa para ayudar a mantener a sus cinco hermanos y a él. Al principio, no le importaba quedarse sin ir a Hogwarts con tal de conseguir que su familia viviese mejor. Pero mientras más pasaba el tiempo, más ganas tenía de ir y más difícil se le hacía decírselo a su padre.

-Y, ¿qué hizo?

– Por suerte no tuvo que decírselo, su tío convenció al abuelo.

-¿Cómo?

-Con esto.-dijo Adele enseñándole un antiguo reloj de bolsillo. Era el reloj de su padre, aquel que cuidaba con tanto esmero y del que no se separaba.

Remus le miró extrañado, preguntándose cómo un reloj podía cambiar la opinión de alguien. La señora Lupin le dio la vuelta al reloj enseñando el reverso a su hijo, que vio una inscripción.

-Si cada ser humano diera una oportunidad… ¡sólo una oportunidad!… al destino y a los demás, todos seríamos más felices.-leyó Remus.-No le entiendo.-añadió confuso.

-Esta inscripción fue un regalo de tu abuela a tu abuelo por darle la ocasión de amarlo. Enseñó a tu abuelo que le tenía que dar a su hijo todas las ocasiones que pudiese aprovechar. Remus lo que te quiero decir con esto es que tu padre te quiere dar la oportunidad de ser feliz y de vivir la experiencia más maravillosa de tu vida. Por eso es tan insistente con este tema.

El joven Lupin sintió entonces una punzada de culpabilidad por no querer ir a Hogwarts. Quizás fuese una de las únicas cosas de gran valor que sus padres le podían brindar en su vida, la ocasión de recibir una buena educación mágica. Pero aún sabiendo eso, el nudo de su estomago seguía allí. Apretándole, recordándole el miedo que no debía de olvidar.

-Sé que tienes miedo.-comentó Adele como si supiese lo que estaba pensando su hijo.- Miedo de lo que puedas hacer y miedo a algo nuevo y misterioso, lejos de la vida a la que has estado acostumbrado y que ves como segura.

-Es que soy peligroso mamá y no quiero hacer daño a nadie.

-No lo eres. Y aunque fuese así, siempre te ocupas de mantener a la gente a salvo. Por eso, ni yo, ni tu padre, hemos tenido nunca miedo de lo que nos pudieras hacer. Confiamos plenamente en ti y lo único que queremos es que el miedo no te impida vivir la vida que te mereces.

Al escuchar eso, los ojos de Remus se encharcaron y sintió la necesidad de mirar a otro lado. Todo lo que había pensado en esos días era mentira, no estaba solo y sus padres sí lo entendían. Era él el que no se había dado cuenta de que estaba equivocado. Quizá sus padres tuviesen razón y fuese buena idea ir a Hogwarts, aunque él sintiera que nunca pudría estar del todo cómodo en aquel lugar.

-¿Me prometes que si quiero puedo volver a casa?

-Claro que sí. Siempre vas a ser bien recibido.-dijo Adele abrazando a su hijo.

Remus se perdió en el abrazo de su madre. Echaría de menos la calidez de su madre, pero siempre podría escribirle cartas. Estaba seguro de que su padre le haría escribir por lo menos una a la semana, contándole detalladamente qué tal le iba en su nuevo hogar.

-¡Adele!-grito alguien escaleras abajo.-¡El maldito bicho se ha vuelto a escapar!

Ambos sonrieron al escuchar cómo Henry Lupin luchaba contra algo en el salón.

-No sé que pasará el día en que tu padre tenga que hacer las cosas solo.

-Ni yo mamá. Ni yo.

-Veo que ya te queda poco para acabar la maleta. Toma esto.-dijo entregándole el reloj.-Sí, es para ti. Papá te lo quería dar antes de que te fueras.

El joven Lupin cogió el reloj y sintió su peso. No era tan pesado como creía y la frialdad de su superficie era agradable en contraste al calor que hacía.

-Cuando acabes baja abajo, de acuerdo.

-Sí.

Dándole un beso en la frente, Adele Lupin salió del cuarto de su hijo. Remus seguía mirando el objeto, absorto por tener algo que había sido tan importante para los hombres de su familia.

Cuando finalmente acabó la segunda maleta, el joven Lupin bajó las escaleras con el equipaje, no sin antes de puso su nuevo reloj de bolsillo. Al llegar al salón y dejar las maletas, lo primero que vio fue una pancarta que tiraba confetis y decía: “Esperamos que esta aventura sea una de las más maravillosas”. Debajo de ella, estaba su padre lleno de arañazos y agarrando una jaula con una pequeña lechuza revoltosa. Su madre, en cambio, no paraba de reírse al ver primero a su marido lleno de arañazos y después la cara de su hijo al ver a su padre.

-Toma. Espero que tu sepas domar al bicho este.-dijo el señor Lupin tendiéndole la jaula a su hijo.

-Gracias.-respondió Remus incrédulo por tener su propia lechuza.

-No te enfades Henry, si estás muy gracioso así.-bromeó Adele ganándose el mohín de su marido.-Espero que te guste cariño. Sé que no podemos darte todo lo que te mereces, pero nos alegramos de darte por lo menos esto.

-Es preciosa.-respondió él, mientras la observaba.

La pequeña lechuza aleteó con nerviosismo, al igual que Henry Lupin que primero buscaba el reloj de bolsillo y luego miraba al de pared para ver si ya era la hora.

-Bueno, habrá que ponerse en marcha. Adele, ve a por los polvos flu.

-Sí, ahora.

Mientras la señora Lupin iba a buscar el saquito de polvos a la despensa, su marido se acercó a su hijo.

-Remus, solo quiero decirte que estoy orgulloso de ti.-dijo con cierta incomodidad.-Quería que lo supieras.

En ese momento, Remus abrazo a su padre con fuerza y el señor Lupin lo recibió con una calidez extraña para su hijo. Henry John Lupin no era muy dado a expresar sus sentimientos. Remus lo veía más como un hombre recto y disciplinado, que aunque quería a sus familia, no era muy dado a expresarlo.

Cuando se separaron, Adele ya estaba en el salón con una sonrisa de orgullo hacía sus dos hombres. Se acercó a su marido y con rapidez le dio un pequeño beso en la mejilla.

-Bueno, es hora de irse. ¿Estas preparado?

Remus negó con la cabeza. Aún había algo que hacer.

-Mamá, papá. Esperar solo cinco minutos.-dijo él, mientras iba hacía la despensa.

El señor Lupin abrió la boca para preguntar qué era lo que tenía que hacer a última hora, pero su mujer le dijo que se tranquilizase y esperase, aún le quedaba algo que hacer a su hijo.

Con paso decidido, Remus fue a la despensa y bajo por las escaleras de la trampilla que había allí. El joven Lupin se encontró entonces en la mitad de una estancia húmeda y rocosa. En una de las paredes estaban encadenados fuertes grilletes. Remus recogió uno y sintió que un hormigueo le subía por el brazo. Era la misma sensación que sentía todas las noches de luna llena cuando bajaba allí y se ataba para no matar o hacer algo peor.

Como si intentase recordar todos los minutos que había pasado allí, Remus cerró los ojos mientras pasaba la mano por las paredes que se encontraban cerca. Notó los arañazos de desesperación del animal en el que se convertía. Profundas y grandes, eran las marcas de algo visceral e inhumano que se encontraba allí. Una parte irremediable de sí mismo.

Bajo la mano y disfrutó del silencio que se había instalado allí por última vez. Después de unos segundos, Remus abrió los ojos y se dirigió a la escalera de piedra que había hecho su padre. Antes de tocar el primer escalón, miró hacía tras y un adiós salió de su boca.

-¿Ya está?-le preguntó su padre y él asintió con cierta seguridad.

Entonces los Lupin se prepararon para cruzar al otro lado. Primero el señor Lupin con las maletas, seguido de su mujer y por último su hijo. Al cruzar al otro lado, llegaron a un salón desamueblado donde dos señores les esperaban. Los tres siguieron a uno de los hombres y el señor Lupin rehusó utilizar un carrito para poner las maletas.

-Hoy en día quieren cobrar por todo, Adele. En mis tiempos, era impensable que alguien te hiciese pagar por un carrito. Era la obligación del anfitrión darte uno.-comentó Henry mientras caminaban por la calzada.

Para Remus andar por las calles con tantas personas juntas, era un ejercicio de fuerza de voluntad. Nervioso miró a su madre, la cual le sonrió haciéndole saber que todo iba bien.

Aunque tardaron varios minutos en llegar al anden donde se encontraba el expreso de Hogwarts, aquel viaje le pareció eterno al joven Lupin. Ya en el lugar de partida, cientos de personas se arremolinaban frente a un tren rojo, gritando, riendo y moviéndose de un lado a otro.

Por suerte, pudieron encontrar un lugar más o menos tranquilo después de dejar las dos maletas en el tren y coincidieron con una familia que también llevaba a su hija a su primer viaje.

-¡Remus es un nombre maravilloso para un chico! ¡Ojalá lo hubiese podido utilizar yo también!-le escucho decir al padre de la niña pelirroja.

Remus quiso saludarla, pero no tenía mucha experiencia en entablar conversaciones, al fin y al cabo había vivido toda su vida en una cabaña perdida en el bosque. El joven Lupin había tenido en su vida pocas interacciones con las personas, siendo los clientes de su padre con los que más contacto había tenido. No es que sus padres le hubiesen encerrado en casa, pero Remus siempre había preferido estar en casa ayudando a sus padres o paseando por el bosque practicando de vez en cuando algo de magia.

Además, se la veía triste y no sabía cómo actuar ante eso. Ni siquiera fue capaz de mirarle a la cara, aunque tenía un rostro amable. Desgraciadamente, antes de que reuniera el suficiente valor para hablar, ella y la que debía ser su hermana se apartaron de ellos.

Aburrido, Remus echó un vistazo a su alrededor. Buscando así, una forma de distraerse. Cerca de él, un niño rubio miraba con gran entusiasmo el tren. Tenía los ojos muy abiertas y una sonrisa de felicidad absoluta. Remus notó por sus ropas que era un niño repipi de buena familia. Detrás de él, una mujer con un peinado estrambótico agarraba al niño de la mano, tirando de él cada vez que hacía algo que no le gustaba.

Cuando pasó cerca de Remus, la mujer le miró sin ningún disimulo, componiendo una cara de asco del que el joven Lupin se dio cuenta. Aquello lo irritó, aunque no lo demostrara. Puede que su familia no fuera rica, pero algo que le habían inculcado sus padres era el respeto a todo el mundo. Sin duda, aquel chico nunca querría estar con él cuando fuesen a Hogwarts, si era igual que su madre.

-Remus.-le llamó Adele.

Los padres de la chica pelirroja ya no estaban allí y los suyos le miraban expectantes.

-¿Ya es la hora?

-Creo que sí, hijo.

Remus trago saliva y se acerco a sus padres. La primera en despedirse fue su madre.

-Que grande eres ya.-dijo mientras abrazaba a su hijo.-No tengas miedo porque todo irá bien. ¿Vale?

-Sí, mamá.-respondió él intentando retener en su memoria el calor, el olor y la calidez de su madre.

-Si pasará algo, cuéntaselo al director. Estoy segura de que él te cuidará cómo si fuésemos nosotros.

El joven Lupin asintió y deseó que así fuera. Cuando se separó de su madre, el Henry lo estaba mirando henchido de orgullo. Pensó ver algo así como lagrimas en la mirada de su padre, pero esa visión se difuminó en un parpadeo de sus ojos. Henry agarró a su hijo por los hombros, del mismo modo que lo había hecho su padre.

-Sabes que no soy un hombre de discursos así que seré breve.-dijo con solemnidad.- Disfruta de estos años en Hogwarts.

Adele Lupin carraspeó y su marido captó la indirecta.

-Y no tengas miedo de las oportunidades que aparezcan.

-¿Y?

-Tu madre y yo estaremos esperando tus cartas con muchas ganas de leerte. Acuérdate, una vez a la semana y con todo lujo de detalles. Ya te mandaremos papiros si necesitas más.

Su mujer entornó los ojos y Remus sonrió a su padre.

-Bueno, hijo. Creo que tienes que subir.

El joven Lupin miró hacia las escaleras para subir al vagón y vio como alguien gritaba “pasajeros al tren”.

Antes de irse, Remus dio un abrazo conjunto a sus padres, agradeciéndoles internamente que fuesen unos maravillosos progenitores.

-Os quiero.-dijo intentado mantener una voz neutral.

-Y nosotros también.-respondió Adele.

Sin mirar atrás, subió al vagón. Algunos alumnos estaban en el pasillo, la mayoría eran mayores que él. Miró en los primeros compartimentos, pero todos estaban ocupados. Cuando llego al final del vagón, Remus sabía que tendría que meterse en un compartimento que ya estuviese ocupado, en vez de en uno vacío.

-Hola. ¿Buscas sitio?-preguntó atropelladamente alguien a sus espaldas.

Cuando Remus se volvió, se encontró con el niño repipi que había visto antes.

-Eh…-dijo sin saber muy bien que decir.

-Tu eres de primero, ¿verdad? Yo también, si quieres podemos ser amigos.

El joven Lupin asintió, más por costumbre que por otra cosa.

-¡Genial!-grito su compañero mientras se metía en el compartimento.-Me llamo Peter Pettigrew y quiero estar en la mejor casa de todas: Gryffindor. Aunque mi madre quiere que vaya a Ravenclaw.

El rubio se sentó en un lado, mientras Remus, aún ensimismado, se sentó en frente.

-Y tú, ¿cómo te llamas?

-Lo…lo siento.-dijo al darse cuenta de la pregunta.-Me llamo Remus Lupin y la verdad es que no sé en qué casa quiero estar.

Aquella situación incomodaba a Remus, Peter era simpático a la vez que un poco estrambótico. No dejaba de hablar y de preguntarle, algo que le incomodaba. Él no era el único que se sentía así, ya que un grupo de chicas que entraron después de él también fueron interrogadas por su amigo.

Justo cuando estaba hablando de la posición de quidditch en la que le gustaría estar cuando lo aceptasen, la chica pelirroja de antes y un chico de pelo lacio entraron en el compartimento.

-Hola. ¿Podemos pasar? Es que los de al lado son unos idiotas.

Remus, como le había enseñado su madre, cedió el asiento a la pelirroja.

-Gracias y lo siento. No quería molestaros.

-Tranquila, no importa. Prefiero ir a un compartimento menos abarrotado.-comentó abrumado por tanta gente que había.

-Yo te acompañare, Remus. Así conocerás a alguien por lo menos.

El joven Lupin le sonrió, aunque en realidad le hubiese gustado que no le acompañase. Una parte de él quería dejar aquel lugar para no seguir contestando a su batería de preguntas.

Al llegar al lugar que había dicho la pelirroja, Remus se encontró con dos chicos. Uno de gafas, no tan repipi como el rubio, pero era evidente que era de una buena familia y otro chico que parecía tener un encanto natural para caer, o muy bien, o muy mal, a aquel que conocía.

-…El león de Gryffindor.-dijo el que no tenía gafas.

-Hola. Yo soy Peter Pettigrew y este es mi amigo Remus Lupin. ¿Podemos sentarnos?

-Sí, no veo problema. Y tú, ¿Potter?

El chico de gafas negó con la cabeza y los dos chicos se sentaron. Remus al lado de James Potter y Peter cerca de Sirius Black.

-¿Vosotros queréis ser de Gryffindor?-preguntó Peter.

-Sí.-contestó Sirius.-¿Vosotros?

El joven Pettigrew asintió.

-¡Claro que sí! Así me gusta chaval, que elijas a la casa de los hombres verdaderos.-le animo Sirius.

-Y el calladito, ¿qué dice?-preguntó James.

Los tres chicos se quedaron mirando a Remus, que se movió de su asiento inquieto. Hasta hace unas pocas horas ni siquiera pensaba ir a Hogwarts, así que no había tenido ningún pensamiento sobre en qué casa quería estar.

-Remus Lupin. Remus. Remus. No sé. Puede que solo me lo parezca a mi, pero creo el nombre de calladito es el de alguien que sin duda estaría en Gryffindor.

-Sí.-continuó Sirius.-Remus. Remus Lupin. Yo diría que tiene dos quintos de temple, otros dos de osadía y dos más de caballerosidad. Sí, es todo un Gryffindor.

-Sabes que has hecho los cálculos mal.-apuntó James.-Tendrían que ser cinco partes y no seis.

-Bah. Tú ya me entiendes. Creo que nosotros cuatro vamos a ser los mejores amigos.

Remus se rió sin querer de aquella ocurrencia. La verdad es que aquellos dos chicos eran un poco locos, pero a la vez eran muy divertidos y para su sorpresa, el joven Lupin, descubrió que era agradable estar con ellos. E incluso, la presencia de Peter había dejado de parecerle agobiante.

Después de aquello, Sirius comenzó a desvariar sobre el futuro de sus tres mejores amigos. Peter le seguía el juego diciendo cada vez ocurrencias más delirantes. James y Remus, en cambio, los escuchaban divertidos.

-Sí, creo que esta va a ser una aventura maravillosa.-dijo Remus en voz alta sin darse cuenta.

-Y que lo digas.-le contestó James, el único de los tres amigos que no estaba absorto imaginado las grandiosas aventuras de los recién nombrados “cuatro merodeadores”.

El día que te conocí. Lily Evans

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Agradecimientos al autor o autora.

 

Este domingo os traigo la tercera parte de “El día que te conocí”. Esta vez será Lily Evans quien se subirá por primera vez al expreso de Hogwarts en un día lleno de sentimientos, decepciones y discusiones.

Lily Evans

-Lily despierta.-dijo una mujer que mecía a una niña pelirroja-Venga cariño que ya ha llegado el gran día.-añadió levantándose y abriendo las cortinas de par en par.

Aunque la voz de su madre había despertado a Lily, fueron los rayos del sol los que hicieron que finalmente abriera sus ojos verdes. Poco a poco, la pequeña pelirroja se fue estirando para desentumecerse y en uno de esos movimientos tocó con la mano el lomo de un libro bastante gordo.

-Historia de Hogwarts.-leyó su madre cogiéndolo-Has debido de quedarte otra vez dormida abrazado a él.

La madre de Lily sonrió ante el apego que sentía su hija hacía los libros, una afición heredada de su marido.

-Será mejor que lo metas en el baúl. Después de que lo recojas, vístete y baja rápido que hoy te he preparado tu desayuno favorito.-finalizó devolviéndole el libro a su hija y dándole un beso en la frente.

-Vale mamá.-respondió ella.

Al irse su madre, la pequeña se sentó en el colchón para abrir el libro y aspirar el aroma a papel que tanto le gustaba. Después de estar varios minutos disfrutando de aquel olor, Lily se levantó de la cama y se dirigió al baúl para meter el libro en él.

Cuando lo abrió y vio todas las cosas que habían comprado en el Callejón Diagon, Lily sintió un cosquilleo de emoción en todo el cuerpo. “Yo haré pociones que meteré en estas botellitas”, pensó emocionada. Todo lo que estaba en ese baúl le parecía tan nuevo, interesante y apasionante que no pudo reprimir la alegría de saber que dentro de poco estaría en el Colegio de Magia y Hechicería.

Tan ensimismada estaba Lily con sus objetos y libros de magia que no se dio cuenta de que su padre estaba en la puerta observándole con una sonrisa.

-Hola papá.-dijo Lily sonrojada porque su padre le había visto preparar pociones inexistentes en el caldero.

-Buenos días cariño. Mamá dice que bajes. Que se te está enfriando el desayuno.

-Ahora bajo.-le respondió su hija mientras ponía cuidadosamente en su sitio los objetos que había sacado.

A su vez, el señor Evans se acercó a su hija y los dos juntos recogieron todo.

Después de aquello, Ian Evans se marchó de la habitación rumbó a la cocina. Lily, al contrarió que la vez anterior, se vistió, peinó y aseó con rapidez para que su madre no tuviese que gritarle desde la cocina que se le estaba enfriando la comida.

Corriendo, la pelirroja bajo las escaleras, tarareando una de las canciones que se escuchaba en ese momento en la radio del salón. Pero esa euforia se desvaneció cuando vio a su hermana Petunia en el salón. Cuando ambas niñas cruzaron las miradas fue patente que la hija mayor de las Evans no había olvidado la conversación que había tenido con Lily la tarde anterior.

Petunia Evans miraba a su hermana con una mezcla de rencor y frialdad que incomodaba a Lily. Aún así, la pelirroja era incapaz de desviar la mirada. Quiso hablar con ella, pero algo en su interior hacia que le fuese imposible articular una palabra. Quizá no quería enfadar más a su hermana o tal vez no quería volver a escuchar las palabras afiladas que sin duda le tendría preparada.

-Tuney, el desayuno ya está.-dijo la señora Evans desde la cocina.

Aquellas palabras hicieron que inconscientemente Lily dejase de contener el aliento. A su vez y sin apartar la mirada punzante de su hermana, Petunia cerró el libro que tenía en las manos. Al hacerlo, Lily miró hacía el objeto para huir de los ojos de su hermana. “Sentido y sensibilidad” leyó en la portada. Aquellas eran las historias que le gustaban a Tuney. Eran tan diferentes a los libros de género histórico y fantástico que le apasionaban a ella.

Ese era uno de los muchos aspectos en los que las dos hermanas no coincidían. Pero aún siendo tan diferentes, siempre habían sabido llevar una buena relación. Hasta ahora. Desde el día en el que la más pequeña de los Evans había recibido la carta de aceptación a Hogwarts, Petunia había ido cambiando ligeramente su actitud con ella. Al principio, Lily no le dio gran importancia pensando que se trataría de algún problema de amores. Pero cuando su mejor amigo le había contado lo de la carta a Dumbeldore, estaba segura de que su hermana tenía algún problema con ella.

Sin decir nada, las dos niñas Evans entraron en la cocina. Lily se sentó junto a su padre que estaba leyendo el periódico de la mañana, mientras Petunia eligió el asiento más alejado al de su hermana.

-Lily, ¿has acabado de meter todas las cosas en la maleta?-le preguntó su madre mientras limpiaba los platos.

-Sí, mama.

-¿Has metido la muda nueva y las túnicas?

-Sí y sí.-contestó pacientemente.

-Y, ¿Dickens está en la jaula?

Antes de que Lily volviera a contestar, Ian intercedió por su hija.

-Ingrid. Seguro que Lily ya tiene todo preparado. No la atosigues más.

La niña pelirroja sonrió a su padre agradeciéndole su ayuda y este le guiñó el ojo por encima del periódico.

-Bueno petirrojo.-siguió diciendo su padre.- Explícame otra vez cómo va eso del sombrero seleccionador.

Lily contenta por haber sacado el tema, empezó a explicar cómo se seleccionaban los alumnos de cada casa. Aunque la pelirroja todavía tenía dudas de en qué casa quería estar, en parte deseaba que le tocase en Ravenclaw porque sabía que era la que más le gustaba a su padre. Pero también estaba su querido amigo Severus y la promesa que hicieron meses atrás de ingresar juntos en Slytherin.

Justo cuando estaba explicando el origen de las casas de Hogwarts, un sonido estridente hizo que Lily y sus padres miraran a Petunia. Esta se disculpo por la caída del tenedor de manera seca y levantándose con extrema rigidez coloco el plato, los utensilios y el vaso del desayuno en la encimera para que su madre los limpiase.

-Si no os importa voy a mi cuarto a prepararme.-les dijo mientras cruzaba la puerta.

Los señores Evans se miraron el uno al otro, comunicándose sin palabras. Sabían que lo habían hecho otra vez sin darse cuenta, centrar demasiada atención en Lily dejando de lado a Petunia. Sabiendo que Ingrid era más cercana a su hija mayor que Ian, esta se quitó el mandil y lo dejo en la mesa, no antes de coger una cajita que había en un rincón de la encimera.

Lily, en cambio, siguió mirando fijamente al plato a la vez que su padre la miraba a ella.

-No te preocupes . No es culpa tuya.-comentó el señor Evans a la vez que volvía a fijar su atención en el periódico.

Pero para la pelirroja aquello sí era su culpa, porque ella era la que iba a ir a Hogwarts para vivir increíbles y fantásticas aventuras, mientras Tuney se quedaba allí viviendo una vida normal y aburrida sin ninguna pizca de magia. La pequeña Evans deseó que la carta que le trajo la lechuza no hubiese sido para ella, sino para su hermana o que por lo menos, Dumbledore le hubiese dado una oportunidad para entrar en el colegio. No soportaba que Tuney estuviese enfadada con ella, sobretodo porque nunca le habría deseado ningún mal.

Con aire derrotado, Lily echo un largo suspiro y sin hambre se comió un trozo más de huevo, antes de dejarlo en la encimera igual que su hermana. En ese momento, un timbre sonó y rápidamente la pelirroja se dirigió a la puerta sin dejar que su padre se levantase, diciéndole que seguramente sería su mejor amigo quien estaría tras la puerta.

En efecto, cuando abre la puerta encontrándose con Severus y no pudo reprimir las ganas de darle un abrazo. Le reconfortaba que él estuviera allí, porque significaba que ya quedaba poco para vivir la nueva vida de la que tantas veces habían hablado.

-Ya llego el gran día Sev. No puedo creer que nos vayamos a Hogwarts.-le dijo con una amplia sonrisa.

-Sí.-añadió el joven Snape con menos énfasis que su amiga.

-¿Pasa algo Sev?

Al principio no se había dado cuenta pero su amigo parecía más desmejorado de lo que se veía normalmente. Aunque parecía increíble, su pelo estaba más lacio y pegado a su cara de lo normal, haciendo que se le tapase la mitad de la cara. A su vez, tenía unas ojeras muy marcadas en los ojos y la ropa más raída de lo habitual.

-No…Nada…-dijo dubitativo. No quería decirselo a Lily, pero cuando ella le miraba con esos ojos verdes, él no podía negarle nada.-Tobias discutió con mi madre anoche, no quiere que vaya a Hogwarts.

Lily, que ya sentía odio hacía Tobias Snape, deseó que un rayo alcanzase a ese hombre cruel y dejase en paz a su mejor amigo.

-Ni hablar, no dejare que pase eso.-afirmó ella con decisión.-La diré a mi padre que hable con el tuyo y ya verás como no se niega.-añadió tajantemente mientras se daba la vuelta para hablar con él.

-¡No!-gritó el joven Snape, mientras veía a su amiga marcharse.-Al final mi madre le ha convencido para que vaya. Lo que venía a decirte es que al final no podré ir contigo en el coche.

Aquellas palabras cayeron como un jarro de agua fría encima de Lily. Después del enfrentamiento que había tenido con su hermana, necesitaba a Severus como apoyo. No tenía ganas de soportar las miradas de odio de su hermana mientras recorrían el trayecto a la estación. Quiso quejarse a su amigo, pero desistió pues sabía que no serviría de nada. Por lo menos podrían encontrarse en el andén y comenzar toda aquella aventura juntos.

-Bueno será mejor que me vaya antes de que Tobias se enfade. ¿Me prometes que me buscarás en el andén?

-Te lo prometo.-le contestó Lily mientras hacia una equis con el dedo justo donde estaba su corazón.

Mientras veía como su amigo se marchaba, la joven Evans sentía que el día estaba siendo demasiado largo aun siendo todavía por la mañana. Después de cerrar la puerta, subió a su cuarto y recogió todo aquello que había dejado para el final.

Cuando ya estaba todo preparado, Lily se agachó y recogió una caja de zapatos de debajo de su cama. En ella estaba el regalo que le iba a hacer a su hermana, una muñeca de trapo que se parecía en todo detalle a Petunia. A su lado, otra muñeca parecida a Lily la miraba con sus ojos de botones. Al verla, la pelirroja no pudo contener las lágrimas apretando la caja contra su pecho. Tenía pensado dársela antes de que partiera el tren. Así cada una tendría la muñeca de la otra y ninguna se sentiría sola. Pero ahora dudaba que su hermana la quisiera.

Intentando contener las lágrimas, Lily se las limpió con el puño de la camisa y se dirigió a donde su hermana. Todavía tenía la esperanza de hacer las paces con ella. Quizás si veía las muñecas, estaría más dispuesta a hablar con ella y a entenderla.

Tocó la puerta, pero no recibió respuesta así que abrió de todas formas. Petunia tenía la radio encendida y se miraba en el enorme espejo de su cuarto.

-Tuney.-dijo más alto que la música, pero su hermana no le hace caso.-Tuney.-repitió bajando el volumen de la radio para llamar la atención.

-Vete. No quiero que me molestes.

Petunia se siguió mirando al espejo, mientras su hermana se acerca a ella.

-Tuney tengo algo para ti, quería dártelo en la estación pero creo que es mejor que lo tengas ahora. Le pedí al señor Albert que la hiciese para nosotras.

-Me da igual. No lo quiero, así que vete.-le dijo con más frialdad.

Cuando estuvo a suficiente distancia de su hermana, Lily vio lo que ella estaba mirando en el espejo, era un colgante con su nombre. Aquello era lo que estaba en la caja que tenía su madre en la cocina. Un regalo de sus padres para que no se enfadase con ella. La pelirroja, haciendo caso omiso del mandato de su hermana, sacó las muñecas y se las enseñó a su hermana.

-Así no nos sentiremos solas.-comentó Lily a su hermana con la esperanza de que le hiciese caso.

En cambio, Petunia miró las muñecas durante un par de segundos y luego siguió mirando su nueva joya poniendo diferentes poses delante del espejo.

-Por favor Tuney, no estés enfadada conmigo. Por favor.-repitió casi sin poder contener las lágrimas.

-He dicho que te vayas.-le gritó su hermana cogiendo una de las muñecas y tirándola.

El mullido objeto golpeó una pared y de su interior unas bolitas blancas aparecieron. Lily que miraba incrédula como su hermana tiraba su regalo, empezó a llorar desconsoladamente delante de Petunia.

-He dicho que te vayas.

Aquellas palabras frías y con odio fueron las gotas que colmaron el vaso, tapándose la cara Lily corrió hacia su habitación tumbándose en la cama y lloró desconsoladamente hasta que no quedaron más lágrimas. No podía creer cómo le había tratado su hermana. ¡Ella no era la culpable de que no la admitieran en Hogwarts!

-¡Lily!¡Petunia! Ya es hora de irnos.-gritó la señora Evans a las dos hermanas.

La pelirroja, temiendo que se le notase que había llorado, se levantó rápidamente de la cama y entró en el baño para lavarse la cara. Después de unos cuantos lavados, Lily parecía tan fresca con antes de llorar.

Mientras se peinaba, Ian entró en la habitación de su hija y se llevó todas las maletas que había preparado su hija para su nueva aventura. La única que dejó fue la jaula de Dickens, el gato de Lily, para que esta se lo llevara.

Cuando Lily bajo al jardín, su padre estaba acabando de meter el baúl y Tuney ya estaba dentro del coche. Aunque no tenía ganas de ver a su hermana, Lily se subió a la parte trasera del coche dejando el gato entre las dos.

Petunia que estaba tocando su nuevo collar, se fijó en que su hermana aún llevaba la muñeca de cabello moreno en su regazo. En vez de sentir arrepentimiento, la morena de las hermanas soltó un bufido que Lily intentó ignorar.

El trayecto aunque no era demasiado largo, pareció eterno para Lily. Por suerte, los señores Evans amenizaban el viaje hablando sobre Hogwarts y sobre el nuevo colegio de Petunia.

Al pisar por primera vez la estación De King´s Cross, Lily sintió un hormigueo en la tripa mezcla de emoción, miedo y sobre todo de tristeza. Negando con la cabeza, la pelirroja intento ahuyentar la pena, dejándose llevar, como sus padres, por la fascinación y la alegría del momento.

Todo mejoró cuando la familia Evans atravesó el andén y se metió de lleno en el bullicio de maletas, baúles, animales y gente que había en el lugar. Sus padres estaban absortos hablando con los padres de un chico bastante tímido e indeciso. Ni si quiera fue capaz de mirarle a la cara. Se llamaba Remus y era de primero igual que ella. Mientras que sus padres felicitaban a los padres de su compañero por elegir un nombre tan genial, Lily buscó con la mirada a su mejor amigo. Todavía no había parecido y aquello hacía que se pusiese nerviosa.

-¡No me toques!-le gritó Petunia a un chico que llevaba una lechuza en el hombro.

Aunque aún todavía estaba enfadada con ella, Lily hizo de tripas corazón y se acercó a su hermana para intentar hacer las paces.

-Tuney, ¿podemos hablar?

Petunia le miró, se notaba en cada poro de su piel que seguía enfadada con su hermana. Pero cuando vio otra vez a aquella muñeca se parecía a ella misma en las manos de sy hermana aceptó por fin a hablar con ella.

-Será mejor que vayamos a otro sitio.

Las dos hermanas se apartaron de sus padres unos metros. Algo de lo que ellos no se dieron cuenta.

-He pensado que quizás cuando esté allí y vea al director Dumbledore, puedo decirle que se pienso otra vez lo tuyo.-dijo Lily despacio, intentando utilizar cuidadosamente las palabras para no enfadar a su hermana.-Seguro que lo convenzo para que te admita aunque ya no tengas once años.

Aunque Lily había empezado bien, aquellas últimas palabras no gustaron a su hermana. Acaso su hermana menor pensaba que era tonta o algo así por no haber conseguido la carta cuando tenía once años.

-No necesito que hables con Dumbledore.

-¿Por qué? ¿No era eso lo que querías?

-¿Para qué? Yo no quiero estar en un lugar con gente rara como tú.-le espetó con desprecio.- La gente que anda volando con la escoba y jugando a las cocinitas con un caldero no está bien de la cabeza.

La pelirroja se quedó tan impresionada que no era capaz de articular palabra. ¿Por qué le decía eso? ¿No había sido ella quien le había mandado una carta a Dumbledore para convencerle de que la admitiese?

-Pero…pero…Tú querías. Tú le enviaste una carta.

-Ya, y no sé por qué hice semejante tontería. No quiero ser un bicho raro como tú.-finalizó la hermana mayor marchándose con aire altivo.

Mientras Petunia volvía con sus padres, Lily se quedó en el mismo sitio con los puños fuertemente cerrados y conteniendo las lágrimas que le quemaban en los ojos. Otra vez había fracasado en su intento de arreglar las cosas con su hermana y además está le había llamado bicho raro. La pelirroja quería agacharse y llorar más que nada, pero no quería que nadie le viese. Aquel día tenía que ser memorable, pero no porque su hermana le había repudiado, sino porque hoy empezaba su nueva vida. La pequeña de los Evans intento quedarse solo con ese último sentimiento y no dejar que aquello la entristeciera más. Después de secar sus lágrimas con el puño de la camisa, se dirigió hacia sus padres con la mejor sonrisa fingida que sabía poner en ese momento.

-No sabes cuánto te voy a echar de menos, mi niña.-dijo Ingrid Evans dándole un gran abrazo y un fuerte beso.

-Yo también, mamá.

-Ven aquí mi petirrojo.-añadió su padre abrazándola también.-Tu madre no sabe nada, pero te he dejado un regalito en el baúl.-le susurró para después despedirse mutuamente con sendos guiños.

Lily sonrió al escuchar eso y se imaginó que sería algún libro que su padre había estado guardando para esa ocasión.

La despedida de las hermanas fue más seca y forzada y no hubo acercamiento de ningún tipo. Por suerte sus padres no se dieron cuenta y echando un último vistazo a su familia Lily se subió al tren.

Seguía teniendo ganas de llorar pero no se dejó llevar. Mientras pasaba entre los vagones, Lily se preguntaba dónde estaría su mejor amigo y por un momento temió que su padre finalmente no le hubiese dejado ir a Hogwarts. Por suerte, Lily encontró a Severus en una de las escaleras de subida. Cuando este la vio con los ojos llorosos, le preguntó que le había pasado y este le explicó la de su hermana. Antes de que Severus pudiese decir algo, su madre lo llamó para despedirse.

-Iré buscando un compartimento mientras te despides de tu madre.-le dijo Lily a la vez que su mejor amigo se bajaba del tren para despedirse de su madre.

Tuvo que pasar varios compartimentos hasta encontrar uno que estaba casi vacío. En él se encontraban dos chicos hablando animadamente. Uno llevaba media melena y una pose natural que muchos envidiarían, mientras que su amigo de gafas y pelo engominado y una ropa que daba a entender su posición social.

Haciendo de tripas corazón, Lily entró en el compartimento sentándose al lado de la ventana sin hacer mucho caso a los dos chicos. A través del cristal, veía familias felices despidiéndose. Por un momento, sintió que iba a comenzar a llorar pero lo contuvo haciendo que solo le cayese una lagrima que ninguno de los chicos vio.

Unos minutos después de que entrase ella, Severus apareció por la puerta del compartimento y se dirigió directamente hacía su amiga. Pegándose más a ella, le preguntó qué tal estaba y ella miró hacía bajo con tristeza.

-No te preocupes por tu hermana. Ella no entiende esto y nunca lo va a entender. Es lo que tienen los muggles. Los dos estaremos mejor cuando nos encontramos en Hogwarts perteneciendo a Slytherin.

Al decir esas palabras los dos chicos se callaron, mirando fijamente al joven Snape.

-Chaval, no sabes lo que dices.-comentó Sirius.

El mejor amigo de Lily miró al chico con cara de asco y abrió la boca con la intención de decirle que se metiese en sus asuntos.

-Mi amigo tiene razón. Si el sombrero seleccionador me dijera que soy de la casa de Slytherin yo preferiría irme a casa por no tener que soportar a esos mojigatos grandilocuentes.

Lily veía como la mandíbula de Severus se tensaba y un gran odio aparecía en sus ojos. La pelirroja no podía soportar otra discusión más. No hoy. No ahora. Lo único que quería era tener paz y disfrutar del comienzo de su mágica vida.

Sin decir palabra, Lily se levantó e hizo una seña para que su amigo también lo hiciese. Ante los dos sorprendidos muchachos ambos se dirigieron a la puerta y antes de marcharse del todo les espetó a los dos su falta de madurez y tolerancia.

-Menudos dos tontos.-comentó la pelirroja que iba con paso decidido y cara de enfadada hacia el siguiente compartimento. Con menos suavidad de lo normal, abrió la puerta y se encontró a dos chicos, uno de ellos Remus, y otras tres chicas.

-Hola. ¿Podemos pasar? Es que los de al lado son unos idiotas.

Todos miraron primero a Lily y luego a Severus. Remus que era el que más incómodo parecía estar se levantó y cedió el asiento a Lily. Ella le dio las gracias y se disculpó, él en cambio, dijo que le importaba y que prefería ir a un compartimento menos abarrotado. Otro chico rubio y con cara de rata, hizo lo mismo dejando su sitio a Severus.

Cuando ambos chicos se fueron, Severus intentó seguir con la conversación pero Lily negó con la cabeza. Ya era hora de dejar pensar en su hermana, aquel momento era único y no quería perder la oportunidad por estar demasiado preocupada. Con una sonrisa algo forzada, Lily se presentó a ella y su mejor amigo, esperando que aquellos siete años fueran los más maravillosos de su vida.

FIN

El día que te conocí: James Potter.

Reconocimiento al autor del dibujo.

Reconocimiento al autor del dibujo.

 

Ya me conocéis como la chica que os da consejos de escritura, pero al igual que vosotros y vosotras también soy escritora amateur. En el post de hoy, os enseñaré esa parte de mi con una historia sobre la época de los merodeadores. A continuación, os dejo la sinopsis y el primer capitulo (son independientes así que no hay porque leer cada uno).

Siempre hay una primera vez para todo y si no que se lo pregunten a los merodeadores, a Lily y a Snape, que hoy comienza su andadura en la Escuela de Magia y Hechicería de Hogwarts. En este relato cuenta cómo fue su primera vez en el expreso de Hogwarts. Un lugar para conocerse, para hacer buenas impresiones o no tan buenas.

James Potter

Era 1 de septiembre y el día había amanecido soleado. Como todas las mañanas los viajeros tomaban con prisa sus respectivos trenes en King’s Cross, sin percatarse de la masiva afluencia de familias que paseaba por el andén ese día. Una de ellas era la familia Potter, la cual llevaba a su único hijo, James, a su primer año en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Charlus y Dorea conversaban animadamente detrás de su hijo, mientras éste llevaba el carrito de equipaje. James Potter, para su desgracia, iba engominado y vestido con el traje de los domingos: un pantalón y una chaqueta negros, una camisa blanca y una pajarita roja. Cuando su elfina doméstica le trajo su ropa al levantarse, James corrió a la cocina para decirle a su madre que no pensaba ponérselo ni loco porque seguro que sus futuros compañeros pensarían que era un niño rico y mimado.

-Ya verás cómo no piensan eso.-le dijo Dorea agachándose y intentando domar el pelo revuelto de su hijo con la mano.- Seguro que cuando te vean, pensarán que eres un chico de buen ver, al que no dudarán en tener como amigo. Además, seguro que así le gustarás a alguna chica.

-¡Mama!-contestó él ruborizado.

Dorea sonrió ante el sonrojo de su hijo.

-Todo saldrá bien, James. Y verás cómo estos siete años van a ser los mejores de tu vida. Ahora ve y ponte la ropa que te he elegido.-añadió girando a James y dándole una suave palmada en el trasero.

Aunque al joven Potter le hubiese gustado negarse otra vez a la petición de su madre, sabía que aquella discusión no serviría de nada. Así que a regañadientes subió a su cuarto y se vistió.

Por mucho que sus padres habían intentado convencerle en el transcurso del viaje de casa a la estación, James seguía incomodo con su atuendo y juró que, en cuanto les perdiera de vista, se desharía de la estúpida pajarita roja y de la chaqueta. Aún así, comprobó con cierto alivio que algunos de los muggles que estaban en la estación también llevaban puesto un traje por lo que él no era el único que iba vestido de manera estúpida.

Mientras andaba por la concurrida estación, James miró a los lados por si veía a alguno de sus futuros compañeros, aunque no vio a nadie que pareciese ir al mismo lugar que él. “Salvado” pensó, y con un paso más rápido se dirigió a su destino.

-Tranquilo.-le dijo su padre con una profunda voz.- Si vas más rápido vas a acabar atropellando a alguien.

James le miró, asintió y disminuyó la velocidad a disgusto, aunque no lo reflejó ante sus padres. Desde el mismo momento en que se levantó, el joven Potter había tenido una sensación extraña en el estómago, mezcla de la emoción y el miedo de enfrentarse a esa nueva situación. Por ello quería llegar cuanto antes al lugar donde aguardaba el Expreso de Hogwarts y deshacerse de esa sensación que le perseguía.

Cuando llegaron a la entrada del andén 9 y ¾, James les pidió a sus padres que le dejarán ir primero, ya que de este modo, James creía que daría a entender que no era un niño que necesitará a alguien para pasar, sino alguien mayor.

-Cariño, ¿no es mejor que vaya yo contigo y agarremos los dos juntos el carrito para que no se dé contra el tren?-comentó Dorea para fastidio de James.

-Déjale ir solo mujer. No creo que le vaya a pasar nada porque cruce él solo.-le dijo Charlus sabiendo lo protectora que era su esposa.

La madre de James miró a su marido de forma suplicante. Aquel era el gran momento de su niño. ¿Por qué no podía ser parte de él? Charlus puso una mano en el hombre de su mujer y la miró sus ojos castaños, los mismos que tenía su hijo. Entonces comprendió que aún siendo su madre, debía dejar que él pasase solo por la columna, ya que, aunque para ella era su niño, desde ahora en adelante se iba a ir haciendo mayor.

Con decisión y un cierto nerviosismo que jamás admitiría, James traspasó la columna y apareció en un andén lleno de gente. Tal y como había previsto Dorea, el carrito de James chocó contra algo. Por suerte para él, no le había dado a expreso de Hogwarts sino al carrito de un joven mucho mayor que James, el cual le dirigió una mirada asesina.

-Maldito crio. ¿Acaso no ves por dónde miras?-le increpó mirándolo de abajo a arriba.

James estaba tan ensimismado, que no le respondió.

-¿Acaso eres bobo? Dumbledore no debería de dejar entrar a ineptos como tú en el colegio. Seguro que eres un sangre sucia-comentó, diciendo la última parte más bajito para que solo lo escucharan ellos dos.

Cuando James le iba a contestar, dos chicos de la misma edad que este último se acercaron a él y le susurraron algo al oído. El joven Potter solo consiguió oír lo que debía ser un nombre femenino y la palabra “black”.

Con profundo odio el Slytherin miró a James y, como si se tratase de la reencarnación del mismísimo Merlín, se irguió y se fue hacia adelante sin dejar tiempo de que el joven Potter pudiera decir nada.

Justo en esos momentos, sus padres aparecieron en el andén y los tres juntos se dirigieron a dejar las maletas en el lugar adecuado. Cuando guardaron las cosas en el portaequipaje llegó el momento de las despedidas.

-Cuídate y no hagas travesuras.-le dijo Dorea a su hijo mientras que acariciaba su cara.-No te pelees con nadie y sé atento con todo el mundo. Haz saber a los demás que los Potter somos gente educada.-añadió.-Te he puesto mudas limpias, así que no me seas vago y cámbiate todos los días. También tienes un jersey y una bufanda de invierno para que no te resfríes, y para que te abrigues bien. Haz todo lo que te ordenen los profesores y aprende lo máximo posible. Tu padre y yo te enviaremos una carta todas las semanas.

-Por favor Dorea.-interrumpió Charlus al ver que su mujer no iba a parar.-No es un niño, tiene ya once años. Sabe cuidarse él solo.

En ese momento su esposa la miro con cierto reproche. Ya sabía que tenía once años, también que podía cuidarse solo, pero era la primera vez que iba a estar sin ellos. ¿Acaso a una madre no se le podía permitir dar consejos a su hijo?

-Tranquila mama. Haré todo lo que me has dicho.-le tranquilizó James, dándole un abrazo.

Aquello hizo que se relajase un poco.

-Te echaré de menos, cariño.-le dijo devolviendo el abrazo con más fuerza.

-Y yo también.

Cuando le tocó a Charlus despedirse de su hijo, lo tomó por los hombros como muchos años atrás había hecho su padre.

-Hijo mío.-empezó haciendo una breve pausa.- Te voy a dar los mismos consejos que me dio mi padre el día que cogí por primera vez el expreso de Hogwarts. James, sé que quieres que te toque en Gryffindor, porque es la misma en la que yo estuve. Pero no debes de olvidar que todas las casas de Hogwarts son igual de buenas, y que la que te elija habrá ganado un gran mago que enorgullecerá a su casa.

James asintió y, aunque no estaba totalmente de acuerdo con lo que decía su padre, prometió acatar el consejo.

-Además, quiero que trates a todo el mundo lo mejor que puedas, sin importar ni su origen, ni la casa a la que pertenezca. Sé que tendrás a gente que te caiga bien y a otros que no soportes, pero actúa siempre como un caballero. Si lo haces así, serás lo que llaman un buen hombre. Asimismo…

En ese momento, su mujer carraspeó para hacerle ver a su marido que por un lado ya era hora de ir acabando y que ella no era la única que estaba sobreprotegiendo a su hijo.

-Tienes razón.-le reconoció a su esposa.-James, aprende mucho, no vuelvas locos a tus compañeros con tus travesuras y aprovecha esta experiencia. Tu madre y yo estaremos esperándote en casa y te mandaremos una carta una vez al mes.- Dorea carraspeó ante esa información.- Dos veces al mes.-corrigió.-Bueno, creo que ya es hora de que subas al tren. Pero antes quiero darte esto, ya que mi padre me lo dio a mí para que tuviera suerte en Hogwarts.

Cuando Charlus abrió la mano, una snitch dorada cayó en su palma. Aunque ésta era vieja, descolorida y las alas ya no funcionaban, James la agarró fuertemente. El joven Potter sabía que aquella pelota era especial, ya que era la que su abuelo atrapó en el partido de quidditch cuando Gryffindor ganó el campeonato. Con sumo cuidado la metió en un bolsillo de la chaqueta y juró que nunca la perdería.

Conteniendo las lagrimas en los ojos, Dorea dio un fuerte beso a su hijo, el cual intentó zafarse del abrazo de su madre. Charlus, como de costumbre, fue más frió que su mujer y solo miró a su hijo a los ojos. Aunque ninguno de los dos dijo nada, entre ellos sobraban las palabras. James deseó tener esa misma mirada con sus hijos algún día.

-Te quiero, cariño.-gritó Dorea mientras veía como su hijo se iba.

-¡Mama!-le espetó este a su madre por la vergüenza de sus palabras.

Con rapidez el joven Potter se metió en el vagón del tren y entró en un compartimento vacio por el cual se despidió de sus padres y se quitó la pajarita y la chaqueta. Por fin se sintió tranquilo, aunque en cierto modo todavía se sentía un poco nervioso. Después de pasar unos minutos solo en el compartimento, James decidió salir a la puerta de esta para ver así a los chicos y chicas que iban a ser sus compañeros.

Justo cuando salía, el joven Potter piso el pie del mismo chico con el que había chocado antes. Este también lo reconoció y le miró con odio, mientras retiraba bruscamente el pie que le había pisado.

-¡Otra vez tú!-dijo con cara de asco.- ¿Acaso nunca miras por dónde vas o esas gafas de sabelotodo no te sirven para nada?

Los otros dos chicos que había visto antes y que ahora se encontraban detrás del otro joven rieron al oír las palabras de su amigo.

-No. Lo que pasa es que con esas dos barcazas que tienes es muy difícil no pisarte.

En esa ocasión solo uno de los compañeros rió, llevándose el codazo del otro joven y la mirada asesina del ofendido. Aún así, el aludido contuvo las ganas de lanzar un hechizo a su amigo y con altivez miro a James, mientras este se aparta un mechón rubio de la cara.

-Ten cuidado con lo que dices.-amenazó él.-Tú no sabes quién soy.

-Sí lo sé. Eres el payaso de Hogwarts, sino ¿por qué llevarías esos zapatos? Además, tu tampoco que sabes quién soy.

El joven rubio sonrió de manera maléfica al oír las palabras de James.

-Sé quién eres, James Potter. El alumno que peor lo va a pasar en toda la historia de Hogwarts.

James se sorprendió al oír su nombre, ¿cómo sabía ese chico que no conocía de nada su nombre? Como si supiera lo que estaba pensando en ese mismo momento, el rubio respondió a su pregunta.

-En el andé se hablan de muchas cosas Potter y el deber de un Malfoy es saberlas todas.-le explicó a la vez que agarraba el cuello de la camisa de James y lo estampaba contra la pared del pasillo.- Así que Potter, será mejor que moderes tus palabras, no vayas a enfadar a quien no debes. No sabes lo que te puede pasar en tus años en Hogwarts.

James se mordió la lengua para no responderle, ya que éste sabía en qué momentos debía callarse. Además, estaba el hecho de que eran tres contra uno y eran mucho más mayores que él. El joven Potter deseo tener a mano algo con lo que defenderse pero en los bolsillos de su pantalón solo tenía unas grajeas y unos galeones.

Ante esa situación, James sabía que lo mejor era tragarse su orgullo y, además, sus padres le habían dicho que no se metiera en problemas. Pero su padre también le había enseñado que uno debe defender lo que cree, y ya era lo suficientemente adulto como para mantener lo que creía con capa y espada.

Por suerte para el joven Potter, su refuerzo no tardó en llegar en forma de un niño atractivo de media melena negra. Ese chico tiró una especie pastel a la cara del Slytherin que James tenía a la izquierda. El segundo proyectil dio de lleno en el ojo del chico que estaba a la derecha, el cual gritó. Y el tercero fue a parar al cabello rubio de Malfoy, que se tiñó de marrón.

-¿Quién ha sido?-preguntó el rubio fuera de sí.

-Yo.-contestó el joven del pelo negro con toda naturalidad.- Mal, muy mal Lucius. ¿A cuántos jóvenes de primero vas a intentar pegar antes de llegar a Hogwarts? ¿Acaso quieres que se le diga a Narcisa lo malo que es su amorcito?-el rubio intentó ir hacia donde estaba el chico, pero este le amenazo con tirarle otro trozo de comida.- Menos mal que ese estúpido elfo doméstico me hizo estos asquerosos pasteles de hígado para hacerte entrar en razón. Ahora si no quieres que te siga adornando con ellos, será mejor que te vayas y nos dejes en paz.

Cuando el rubio iba a sacar la varita para hechizar al joven del pastel, tres prefectos salieron del compartimento de al lado. Como no quería que la pelea fuese aún mayor, Lucius se quedó quieto en su sitio, destilando un gran odio hacia el joven. Deseaba despellejarlo, torturarlo y hacerle sufrir cada minuto de su insignificante vida. Pero ahora no era momento de andarse con venganzas, de eso ya se ocuparía en los años que tendrían que pasar juntos en Hogwarts. Él se encargaría de que la estancia de esos dos chicos fuera lo peor que les pasará en sus vidas.

-Avery, Colby vámonos.-ordenó a sus dos compañeros.-Nos volveremos a ver, Potter, y la próxima vez no tendrás a nadie para salvarte.

-No me preocupa Malfoy, tu olor te delatará cuando te acerques a mí.-le comentó James poniéndose de puntillas para acercarse más a la cara del rubio y tapándose la nariz con la mano.-Te esperaré, cabeza apestosa.

El chico de la melena soltó una carcajada sonora que irritó mucho más al rubio.

-Me lo pagaréis los dos.- amenazó Malfoy marchándose de manera orgullosa.

Cuando por fin estuvieron los dos chicos solos, James entró en el compartimento y se derrumbó en el asiento que tenía al lado. El joven que le había ayudado metió el pastel en una bolsa, se limpió las manos en el marco de la puerta, entro en el mismo compartimente y se tiró con dejadez en el asiento del frente.

-Gracias.-le dijo James al desconocido.

-De nada compañero. Además, eres el primero que le echa pelotas a Malfoy.

“Y ¿para qué me ha servido? Para hacer enemigos el primer día”, pensó James amargamente, mientras recordaba lo que le habían dicho sus padres. “Aunque la verdad es que ha sido divertido”, añadió con una sonrisa.

-Por cierto, me llamo Sirius. Sirius Black y soy de primero.

-Yo soy James Potter y también soy de primero. Encantado de conocerte.-le respondió este y ambos se dieron la mano.

El joven Potter se dio cuenta de que Sirius le caía mejor cada momento que pasaba. Su desenfado y su desvergüenza hacían de él alguien interesante. Además estaba el hecho de que le había salvado el culo, hacia unos momentos

-¡Dios, que bien sienta dar una paliza a esos idiotas! Y lo de cabeza apestosa… Ni a mí se me hubiese ocurrido. Muy buena Potter.-dijo tendiéndole la mano para chocar los cinco.

-Pues yo me he quedado con ganas de más.-comentó James envalentonado, desde que había conocido a Sirius Black la mecha de las locuras que podía hacer James Potter se había encendido.-Ojalá tuviera una de esas pociones de caída del cabello. Me encantaría ver a Malfoy calvo-añadió con furor.

Al oír aquello, Sirius se sentó y miró detenidamente a su compañero. James se revolvió en el asiento, nervioso por el detenimiento con el que le miraba. Pero después de unos segundos una gran sonrisa apareció en el rostro del joven, que se levanto y se sentó al lado de James al mismo tiempo que le cogía de cuello y le rascaba la cabeza amistosamente con los nudillos.

-Amigo. Creo que tú y yo nos vamos a llevar genial.

-Yo…yo también lo creo.-dijo James entrecortadamente e intentando zafarse de su nuevo y mejor amigo.

Si os ha gustado la historia y no queréis esperar al siguiente post para leerla os dejo aquí el link de mi perfil en fanfiction. Donde podréis encontrar los relatos de Sirius, Remus y Lily. El de Peter y Snape ya están en camino. Gracias por leerme y ¡hasta el próximo miércoles!

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